MEDITACIÓN MINDFULNESS PARA REDUCIR EL DOLOR

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Investigadores del Wake Forest Baptist Medical Center de Estados Unidos han realizado un estudio en el que se observa que la mediación mindfulness o conciencia plena es efectiva para reducir el dolor.

En el estudio han descubierto que este tipo de meditación produce respuestas cerebrales diferentes de las que produce el placebo ayudando a que el dolor desaparezca, siendo hasta un 16% más efectiva que el placebo.

La meditación mindfulness consiste en centrar nuestra atención en la respiración, el cuerpo y todas sus sensaciones y la mente y pensamientos mientras hacemos yoga, Tai-Chí o solo estamos sentados.

Es un gran paso para reducir o eliminar tratamientos clínicos con medicamentos evitando así los efectos adversos de estos y es una muy buena noticia para enfermos que no toleran medicación o productos químicos (Síndrome de Sensibilidad Química -SSQ- p.e.)

Según la investigación llevada a cabo, los participantes que practicaron meditación minfulness refirieron un mayor alivio del dolor en comparación con los que solo recibieron placebo.

Pruebas de imagen con escáner de Resonancia Magnética (RM) de perfusión por marcado arterial de spin, pusieron de manifiesto que esta meditación producía unos patrones de actividad muy diferentes de los que se registraban el el grupo con placebo según los participantes.

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Según el autor del estudio, el neurobiólogo Fadel Zeidan, profesor de neurobiología y anatomía en Wake Forest Baptist, los resultados les sorprendieron pues esperaban una reacción muy similar y cierto solapamiento en las regiones cerebrales activadas por la meditación y el placebo y los resultados de este estudio proporcionan evidencia objetiva y un enfoque novedoso de que la meditación consciente reduce el dolor por si sola,

El dolor se indujo en los participantes del estudio mediante una sonda térmica con la que se calentó una pequeña área de la piel a 49 grados centigrados, un nivel de calor muy doloroso para la mayoría de la gente. Después se evaluaron la intensidad del dolor (sensación física referida por el sujeto) y el nivel de malestar (respuesta emocional) A los participantes se les hicieron Resonancias magnéticas del cerebro antes y después de someterlos a la prueba.

El grupo de participantes que habían practicado meditación mindfulness informó de una reducción de la intensidad del dolor de un 27% y un 44% menos molesto mientras que el grupo que utilizó una crema placebo solo notó una reducción del 11% de la sensación de dolor y un 13% menos molesto.

Las imágenes de las resonancias magnéticas mostraron que la meditación consciente produce patrones de actividad cerebral distintos a los producidos por la crema placebo.

Según las imágenes de RM la meditación mindfulness activa regiones cerebrales (orbitofrontal y la corteza cingulada anterior) asociadas con el autocontrol del dolor para reducirlo mientras que la crema placebo redujo la actividad cerebral en las áreas de procesamiento del dolor (corteza secundaria somatosensorial)

Durante la meditación mindfulness el tálamo se desactiva mientras que en en el caso del placebo se activa. Esta región del cerebro es como una puerta que decide que información sensorial va a llegar a los centros superiores del cerebro. Al desactivar este área la meditación consciente las señales del dolor no llegarían desvaneciendose.

Este es el primer estudio que demuestra que la meditación consciente tiene una mecánica de acción diferente y alivia el dolor en mayor medida que cualquier placebo y otros tipos de meditación anunciadas como “sanadoras”

Tomando como base los resultados del estudio los investigadores creen que con solo 4 sesiones de 20 minutos diarias de meditación mindfulness o de atención plena pueden mejorar el tratamiento del dolor. Sin embargo el estudio se realizó sobre pacientes sanos y no quieren generalizar los resultados del estudio para pacientes con dolor crónico aún.

Los autores del trabajo son: Fadel Zeidan, Nicole M. Emerson, Suzan R. Farris, John G. McHaffie, YoungKyoo Jung, de la Wake Forest Baptista; Jenna N. Ray de la Universidad de Carolina del Norte, Charlotte; y Robert C. Coghill del Centro Médico del Hospital Infantil de Cincinnati.

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