Tere García: Un antes y un después de la fibromialgia

Tere García: Un antes y un después de la fibromialgia

Me llamo Tere, tengo 39 años y hace cinco que me diagnosticaron Fibromialgia. Cuando miro atrás y recuerdo la persona que era, poco tiene que ver con lo que soy hoy. Por aquel entonces llevaba cinco años trabajando en una oficina, a mi cargo tenía más de 30 personas. Mi hijo mayor tenía cuatro años y mi pequeño seis meses. Recuerdo que mis días parecían tener más de 24 horas. Me levantaba dos horas antes de entrar al trabajo, para dejar a mis hijos cubiertos y cuándo acababa mi jornada laboral, los recogía y de vuelta a casa con mi marido para prepararlo todo para el día siguiente. Recuerdo que tenía fuerza para jugar con mis hijos, para bañarlos, para leerles un cuento al irse a la cama. Recuerdo mi vida en pareja; siempre había un hueco para esos momentos íntimos. Recuerdo que al llegar el fin de semana, no parábamos en casa más que lo justo. Siempre teníamos planes… y siempre los llevábamos a cabo. Recuerdos….. Eso es a lo que me aferro en esos momentos en los que pienso que vivir así no tiene sentido.

Recuerdo el día en que todo empezó. A media mañana, me tomé un calmante pensando que podía ser gripe. Sentía fuertes dolores en todo el cuerpo y un cansancio enorme. Al principio no le di importancia. Pero fueron pasando los días y mi malestar incrementaba. Después de unos meses así, pedí cita a mi médico de cabecera. Salí de la consulta pensando que tenía razón; es estrés. Ya pasará. Pero no fué así. Todo mi cuerpo dolía: el cuello, los hombros, los brazos, las manos, la espalda, la cintura. Los dolores de cabeza me hacían muy difícil mirar la pantalla del ordenador. Mi cansancio no cesaba con el descanso, que se había vuelto muy difícil. Apenas dormía y lo poco que conseguía dormir, no me servía para nada.

Recuerdo un sábado en especial, después de pasar toda la noche en vela. No podía soportarlo más y me fui a urgencias del hospital. Al explicarle a la médica que me atendió lo que me pasaba, salió a llamar a otra médica para consultarle. Ambas entraron en la consulta y ésta última me preguntó qué me pasaba. Tras comentarle todos los síntomas que tenía, me preguntó si tenía hijos.
Sorprendida, le dije que sí. A continuación paso a escribir palabra por palabra lo que me dijo esa profesional de la salud: ” Ya sé lo que te pasa: lo que te pasa es que prefieres venir a urgencias un sábado por la mañana, antes que llevar a tus hijos al parque. No tienes absolutamente nada. Eres una hipocondríaca. Aquí hay personas que realmente están enfermas y ahora mismo me voy a atenderlas. No pierdo más tiempo contigo”. En aquel momento mi reacción fue llorar y llorar y seguir llorando. Recuerdo que mi familiar que me acompañaba, tenía la misma opinión. A partir de ese día, no sólo me tocó aguantar todo tipo de comentarios hirientes por parte del personal médico, sino también de la mayoría de mi familia. Cuantas más pruebas me hacían, más se reafirmaba la teoría de todos ellos de que todo estaba en mi cabeza. Analíticas y radiografías eran perfectas. No había ninguna prueba que reflejara todo lo que me estaba pasando. Y así transcurrió casi un año, en el que la depresión y las crisis de ansiedad ya habían empezado a formar parte de mi vida.

¿Cómo mantener la cordura cuando hasta respirar duele? Hasta que un día decidí cambiar de médico. En la primera visita y tras examinarme, decidió derivarme al traumatólogo y al reumatólogo e hizo que un médico de medicina interna me viera. Ella ya sabía de qué se trataba y me comentó que quería asegurarse antes. Así que tras un largo año de lucha, sabiendo que algo pasaba en mi cuerpo y que no estaba loca, llegó el diagnóstico: FIBROMIALGIA.

Entonces empezó otro camino arduo, en el que las pocas fuerzas que tienes, te las terminan de quitar. A los siete meses y medio de estar de baja, pasé por el tribunal médico. Éste reconoció todas mis enfermedades pero me denegó la incapacidad. Ésta es otra de las muchas injusticias a las que nos vemos sometidas las personas que tenemos Fibromialgia. Cuestionadas por los profesionales de la salud.

Si no soy capaz de tender una lavadora de ropa, sin tener que hacer varios descansos entre medio, si el simple hecho de fregar los platos, me deja un dolor en las lumbares, cuello y brazos del que hay días que no me repongo, si coger a mi hijo pequeño en brazos se ha convertido en un martirio para mí…. ¿Cómo puede sentirse una madre que es incapaz de levantarse de la cama para llevar a sus hijos al colegio, o prepararles el almuerzo o llevarlos a jugar al parque? Cuando llega la hora de los deberes, la mayoría de los días les ayudo desde la cama o el sofá, porque me es imposible mantenerme sentada. Es un dolor que quema, a veces es punzante, la mayoría de las veces es un dolor que me paraliza. Que no me deja pensar con claridad. Que me impide realizar las tareas más básicas de la vida, aunque me empeñe en hacerlo. ¿Imagináis por un momento cómo me siento? Imaginad por un momento que tenéis un gripazo de los buenos y añadirle muchos otros síntomas. Pensad en ello después de varias noches sin dormir… así me siento yo la mayoría de los días. Desde que me levanto, hasta que me acuesto sabiendo que no voy a poder dormir y que lo poco que duerma no me va a servir para nada.

Por último, desde aquí, quiero agradecerle a mi marido todo ese apoyo que incondicionalmente me brindó desde el principio. Sin él, no sé dónde estaría. En esos días en los que después de trabajar hace de papi y de mami de nuestros hijos. Ese que en muchas ocasiones ha tenido que meterse conmigo en la ducha para lavarme el pelo, que aprovecha el fin de semana para limpiar la casa y que hace que esto siga adelante. “Gracias por tu inmensa paciencia y por ponerte en mi lugar, aunque a veces, eso signifique perder el tuyo. Te quiero mucho. Y gracias también a ti, papa, que te faltó tiempo para ir a comprarte dos libros sobre Fibromialgia y leértelos en tiempo record, para saber a lo que me enfrentaba y cómo poder ayudarme. Y a mi madre; mejor tarde que nunca, me hacía falta. Os quiero”.

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